
Nombre Alba Marina Fernández Valdés Nacimiento Víbora, La Habana, Cuba 9 de octubre de 1920, Fallecimiento 9 de diciembre de 1994 Víbora, La Habana, Cuba Nacionalidad Cubana Ocupación Cantante lírica Premios Premio de actuación femenina en el Festival de Teatro de La Habana, por su desempeño en el protagónico de la ópera La medium, de Menotti. Alba Marina Fernández Valdés. Cantante de lírica cubana, fundadora de la televisión cubana, interpretó canciones, romanzas de zarzuelas y arias de óperas en diferentes teatros cubanos y debutó en importantes escenarios de múltiples países. • Síntesis biográfica Nace en La Habana, Cuba, el 9 de octubre de 1920, en el reparto habanero de la Víbora. Se inició en la Corte Suprema del Arte y se presentó como cancionera en radio, en Televisión y en varios escenarios de Cuba, México, Colombia y Estados Unidos. Trayectoría artística Fue fundadora, 1950, de la televisión en Cuba, en la que interpretó canciones, romanzas de zarzuelas y arias de óperas de Gonzalo Roig, Eduardo Sánchez de Fuentes, Ernesto Lecuona, Rodrigo Prats y Gilberto Valdés; del español Manuel de Falla; de los rusos Piotr Ilich Chaikovsky, Serguei Rachmaninov, y del francés Jules Massenet. Participó en la Corte Suprema del Arte, programa que buscaba nuevas estrellas, que se trasmitía por el circuito CMQ; más tarde se presentó por la radioemisora Mil Diez y en el Teatro América Desarrolló sus magníficas facultades como actriz en el Teatro Lírico Nacional de Cuba, del que fue fundadora en 1962. Se destacó en las óperas "El barbero de Sevilla" y "El trovador", así como en algunos títulos de operetas y zarzuelas. En su repertorio figuraban obras de los cubanos Adolfo Guzmán, Gonzalo Roig, etc. En 1954, después de concluir sus estudios en Nueva York, debutó, el 9 de enero, en la NBC Radio de Nueva York, en el programa Coke Time. En esa ciudad compartió el escenario con Nat King Cole, Maurice Chevalier, Libertad Lamarque. De regreso a Cuba, se presentó en el Teatro Martí, actuando en el primer acto de la opereta '"La viuda alegre", de Franz Lehar. En 1959, viaja a Nueva York, como parte del espectáculo Cuba canta y baila, integrado, entre otros, por las Hermanas Lago, Ester Borja, Benny Moré, Celia Cruz y Fernando Albuerne. En 1962 integra el elenco del Teatro Lírico Nacional (después Teatro Lírico Gonzalo Roig), en el que protagoniza la primera obra de esta institución lírica: la zarzuela "Luisa Fernanda", del compositor español Federico Moreno Torroba. Posteriormente actuaría en varias zarzuelas, en las que interpretaría los personajes de Adriana, "Los gavilanes", "Jacinto Guerrero"; "Señá Rita", "La verbena de la paloma", Tomás Bretón; Isabel Ilincheta, Cecilia Valdés, Gonzalo Roig, y María Pepa, "La revoltosa", Ruperto Chapí. En 1967, pasa a trabajar, como artista fundadora, de la Ópera Nacional de Cuba, en la que encarna el personaje de Suzuki, de "Madame Butterfly", de Giacomo Puccini, al que le seguirían Fidalma, "El matrimoniosecreto", de Domenico Cimarrosa; "Magdalena", Rigoletto, y "Azucena", "El trovador", de Giuseppe Verdi; "Madame Flora", "La Medium", Gian Carlo Menotti. Premio En 1982 obtuvo el premio de actuación femenina en el Festival de Teatro de La Habana por su desempeño en el protagónico de la ópera La medium, de Menotti. Giras Realizó giras por México, país en el que participó, 1984, en el Festival Cervantino; Puerto Rico, Venezuela, Colombia y Unión Soviética. Muerte Murió en su ciudad natal, el 9 de diciembre de 1994. Estas notas provienen de un artículo publicado en Ecured. |
| con nuestro mayor agradecimiento y respeto al su autor. Alba Marina en los aires del Prado Roberto Méndez Martínez • La Habana Alba Marina. Foto publicada en Carteles, edición del 15 de Septiembre de 1957 A veces paso por el Hotel Saratoga y pienso que por las persianas del comedor saldrá la voz, gruesa y cálida, de Alba Marina, modelando alguna vieja canción para que vaya a sumergirse con los delfines en la Fuente de la India. Imposible. El Hotel Saratoga ya no es el mismo: no tiene su orquesta de mujeres trasnochadoras, ni los aires libres, ni van los compositores a depositar su última melodía en el regazo de las divas y, por supuesto, ella no está. Es un sitio correcto, refrigerado y sin alma. Felizmente, la poesía puede reconstruir épocas enteras, como nos enseñó Lezama. Fue en el Teatro Principal camagüeyano donde la descubrí, en una noche de los 70. Era un concierto sinfónico de escaso relieve, pero justo en la mitad, apareció ella en escena, con un largo traje rojo — como el que usaba Renata Tebaldi en el primer acto de Tosca— desplegada aquella cabellera de un dorado casi imposible y la mirada desafiante de las que se saben dueñas de su arte. Primero se adueñó de la habanera de Carmen y cuando el público temblaba de entusiasmo, cambió de repente el tono y se convirtió en la Santuzza traicionada de Caballería rusticana para revelarnos ese “Voi lo sapete, o Mamma” que era absolutamente irrepetible. Después, se fue entre ovaciones y no hubo más. Hasta entonces, Alba había sido para mí una suma de fragmentos: un anuncio en el que desplegaba su cabello de valkiria ante un espejo bordeado de rocallas, a favor de los productos de Mirtha de Perales; apariciones en la televisión; fotos de ópera en la revista Bohemia. A partir de ese momento, no fue para mí solo una voz, sino, sobre todo, una imagen sobrecogedora que yo seguiría durante dos décadas por escenarios líricos y conciertos. No creo que sean muchos los que puedan recordar una temporada de Ópera Nacional en el Mella en la que ella encarnó la Rosina del Barbero de Sevilla. Rossini había creado su personaje para una voz cuasi excepcional: la mezzosoprano de coloratura, aunque después fueran las sopranos ligeras las que se adueñaron de él. Alba podía dejar satisfecho al extravagante compositor: hacía las coloraturas con la precisión, la ligereza y la gracia requeridas y además las contrastaba con un registro medio pastoso y envolvente que daba más fuerza al rol, todo salpicado con una gracia juvenil y unas dotes histriónicas envidiables. También por esos años la vi en la Magdalena de Rigoletto, que en ella no era un personaje secundario, sino todo un carácter en las escenas sombrías de la taberna, entre el banal Duque de Mantua y el asesino Sparafucile, hasta el punto de que me es casi imposible recordar quién cantaba el papel protagónico de Gilda. Más de una vez la vi atravesar el vestíbulo del Hotel Riviera, rumbo a la cafetería, donde la atendían como a cliente de toda la vida, aunque su voz de heroína verdiana podía poner en fuga a cualquier camarero torpe. Solo ella podía maquillarse por entonces con rasgos tan pronunciados o usar aquellos brocados que parecían haber salido de las manos de Bernabeu y desplegar su estatura con tanto orgullo. Sabía que tenía admiradores que la habían seguido desde la Corte Suprema del Arte —donde siempre la respetó la calamitosa campana— hasta las presentaciones de la orquesta Ensueño y más allá, a las noches en el Saratoga y a las presentaciones en la CMQ, donde nunca fue reina porque esos eran los dominios de Marta Pérez, pero a ella no le importaba pues por siete años tuvo un contrato de exclusividad con la NBC de New York, donde aprovechó para estudiar algo en la Julliard, aunque en ella el talento natural no se le sujetaba demasiado a las normas académicas. Había señores que guardaban los programas de su debut en Luisa Fernanda, en los años inaugurales del Lírico Nacional y que decían que nada tenía que envidiar a la Montaner en La médium. No todo el mundo podía compartir escenarios, como había hecho ella, con Maurice Chevalier, Nat King Cole o con la peligrosa María Félix. Simplemente pasaba con el rostro bien alto y los labios delineados en rojo brillante ni siquiera se contraían cuando se encontraba con un enemigo. Sabía ser ella en el afecto y también en la ira, que sus adversarios temían muchísimo. Para algunos, su vida cotidiana y su historia tenían un incómodo sabor ancien régime que era preciso quitar de en medio, pero en los años en que el intercambio de cantantes líricos era sobre todo con las naciones de la Europa Oriental, donde no escaseaban las voces notables, Alba fue una excelente embajadora que dejaba sumidos en el estupor a los más exigentes auditorios y críticos. Su profesionalismo la hacía salvar cualquier prejuicio. Cualquier música que tomara entre sus manos se convertía en un espectáculo, quizá porque toda la vida era eso para ella, hasta una conversación privada. En una ocasión nos encontramos en el portal del Cine Chaplin, intercambiamos unas palabras, me contó alguna anécdota y al final descubrí que aquel espacio en el que al inicio estábamos solos, se había llenado de transeúntes que nos rodeaban, atentos al monólogo de la artista como si la contemplaran en escena. A veces pienso que —como en ciertas novelas sentimentales— era una mujer que muchas veces se sentía sola y suplía ciertos vacíos con aquellas apariciones espectaculares. Quizá la memoria más fuerte que guardo de ella esté relacionada con una temporada de El Trovador que Ópera Nacional ofreció en el García Lorca hacia 1978. La recuerdo un domingo veraniego, antes de una función vespertina, en el escenario, bromeando a propósito del calor que hacía escasear al público y acompañándose de un piano desafinado para cantar La cucaracha. De pronto, dieron el aviso para comenzar y junto con las luces, cambió ella: se colocó la desgreñada peluca de la gitana Azucena, encorvó los hombros y salió a cantar un “Stride la vampa” como no he vuelto a escucharlo. No importaba que la sala estuviera medio vacía. Para ella una ópera siempre era una gran ocasión. Alba Marina no solo fue una cantante excepcional, sino una especie de mito que no ha encontrado quien le escriba su novela. Por eso, sigo pasando por el Saratoga con algunas esperanzas. Quizá salga un día su voz profunda de las ventanas de la esquina o me diga el portero que acaba de salir en su convertible por el Prado, rumbo a una cita en el Riviera. El que los diccionarios aseguren que falleció el 9 de diciembre de 1994 es algo casi risible. Ese no era un buen año para morirse. Ella lo sabía. |
